Amanecer

La ansiedad de los tres puntitos:cuando WhatsApp se convierte en psicólogo

La ansiedad de los tres puntitos:cuando WhatsApp se convierte en psicólogo

Hubo un tiempo en que uno mandaba una carta y podía pasar una semana sin respuesta. No había ansiedad. Había correo.
Después llegó el teléfono, luego el celular y finalmente WhatsApp, ese maravilloso invento que nos permitió comunicarnos en segundos y, de paso, convertirnos en investigadores privados de nuestra propia vida sentimental.
Porque hay algo más inquietante que no recibir respuesta: ver que la otra persona está escribiendo.
Aparecen los tres puntitos. Y uno espera. Tres puntitos. Uno vuelve a mirar. Todavía tres puntitos. Entonces comienza el análisis. “¿Qué estará escribiendo?” “¿Habrá borrado el mensaje?” “¿Estará consultándolo con alguien?” “¿Habrá escrito algo y se arrepintió?”
En menos de treinta segundos hemos pasado de conversar con una persona a dirigir una investigación criminal.
El problema no es WhatsApp. El problema es todo lo que nosotros ponemos dentro de esos tres puntitos.
Un “jajaja” puede convertirse en señal de interés. Un “ok” puede parecer una sentencia de muerte. Un mensaje leído sin respuesta puede producir una crisis existencial. Y si además la persona aparece “en línea” cinco minutos después, estamos perdidos.
Porque entonces ya no preguntamos qué está haciendo. Preguntamos por qué no nos está respondiendo. Y esa pequeña diferencia es enorme.
A cierta edad uno debería saber que la vida de los demás no gira alrededor de nuestro mensaje. La otra persona puede estar trabajando, cocinando, manejando, hablando con sus hijos, paseando al perro, viendo una película o, sencillamente, no tener ganas de contestar.
Y eso último también es un derecho. Nos hemos acostumbrado tanto a la inmediatez que confundimos disponibilidad con interés y silencio con rechazo. Queremos respuestas instantáneas para preguntas que, en realidad, necesitan tiempo. “¿Le gusto?” “¿Quiere verme?” “¿Por qué no me escribió?” “¿Habrá cambiado de opinión?” Ninguna de esas preguntas puede ser respondida por tres puntitos. Pero insistimos. Porque la tecnología nos dio algo maravilloso: la posibilidad de comunicarnos inmediatamente. Y nos quitó algo que quizá necesitábamos más: la capacidad de esperar. Esperar sin imaginar. Esperar sin perseguir. Esperar sin escribir un segundo mensaje que comienza con “perdón que insista”. Ese mensaje casi nunca mejora la situación.
Y después de los 50, uno debería tener una ventaja: ya hemos vivido suficiente para saber que no todo silencio es abandono y que no toda conversación agradable es el comienzo de una historia de amor.
A veces una persona simplemente conversó contigo porque le caíste bien. A veces quiere volver a verte. A veces no. Y ninguna de esas posibilidades disminuye tu valor. Quizás el verdadero aprendizaje de esta época no sea aprender a utilizar mejor WhatsApp, sino aprender a cerrar la aplicación. Dejar el teléfono sobre la mesa. Salir a caminar. Leer. Llamar a un amigo. Preparar una cena. Ir al cine. Vivir. Porque mientras nosotros estamos intentando descifrar qué significan esos tres pequeños puntos, la vida real —esa que no tiene doble check azul— sigue ocurriendo. Y quizá el mensaje más saludable que podamos recibir sea precisamente uno que no llega. Uno que nos permita recordar que nuestra tranquilidad no debería depender de una pantalla. Al final, los tres puntitos son solamente tres puntitos. Somos nosotros quienes les ponemos la historia. (Por Psic. Ernesto Cáceres F.)