¿EN QUÉ MOMENTO DEJARON DE CONQUISTARNOS?
Diario Amanecer
Por: Maryté Tirado Portocarrero
Buenas… ¿se puede pasar?
La escena de hoy empieza así…La luz azul de la pantalla me tiñe la cara a medianoche. A la mañana siguiente, un «buenos días» parpadeando cuando todavía no abro los ojos. Un «¿ya almorzaste?» que vibra en mi escritorio. Un corazón verde al pie de una historia de WhatsApp o Instagram. Un «qué linda te ves» acompañado de un emoji amarillo que pretende decir más de lo que realmente dice.La pantalla nunca descansa. Y, sin embargo, la madera de mi puerta sigue muda.Entonces, de tanto verlo, de tanto sentirlo, el hartazgo termina preguntándome: ¿en qué momento dejaron de conquistarnos?Hace unos días solté esa pregunta al aire y mi amiga Stephany me respondió desde el otro lado de la pantalla:—Amiga, bájale a tu energía masculina.Me reí. Pero la frase se quedó dando vueltas y, de pronto, recordé una noche con David.Era guapo, bastante más joven que yo, y caminábamos por una calle empedrada. Él iba unos pasos delante de mí y yo detrás. En algún momento volteó, ante mi reclamo:—¿Por qué no me esperaste?Me miró, casi sorprendido.—No pensé que a una mujer como tú le gustaría que la esperaran para caminar.Me reí.—A mí siempre me va a gustar la caballerosidad y el buen trato. La búsqueda. La conquista.Fue nuestra primera y última salida.Quizá fue ahí cuando entendí la trampa: aprendimos a valernos solas y algunos pensaron que ya no tenían que conquistarnos.Yo también tardé en entenderla. Confundí el zumbido de una notificación con el interés real. Creí que conversar durante horas por WhatsApp era una nueva forma de conocerse y que la insistencia digital era sinónimo de intención.Y caí en esa lógica: si alguien te escribe, te presta atención o te dice que le gustas, parece que algo le debes a cambio. Una respuesta. Una foto. Tu tiempo. Tu cuerpo.Hasta que el encanto se rompió y miré la escena completa: no me estaban conociendo, me estaban consumiendo.Querían mi atención para ahogar el aburrimiento, sin importar la hora. Porque, después de tanto insistir, escribirme se les había vuelto una costumbre.Y luego llegaba la exigencia silenciosa: las fotos.Una sonriendo. Otra mostrando un poco más de piel.Hasta el inevitable remate en la pantalla: «me gustas», «te deseo» y la videollamada sin autorización.Extraño el preámbulo.Extraño el vapor empañando el ventanal de un café que se enfría sobre la mesa mientras nos buscamos la mirada en silencio. El frío de la calle colándose en las casacas durante una caminata o un paseo en moto sin rumbo. Ese roce eléctrico y accidental de las rodillas bajo la mesa de una cena en un restaurante y que un teclado jamás podrá traducir.Y sí, sigo creyendo en las flores.Creo en el detalle inesperado —una visita, una canción o un postrecito en un día difícil— porque demuestra que alguien estuvo ausente de ti, habitando su propio día, y aun así decidió pensarte. Eso no pasa de moda; eso es atención e intención pura.Pero cuando pides ese esfuerzo, la respuesta llega casi siempre:—¿Y tú qué ofreces a cambio?No me escandaliza el sexo rápido; me entristece que hayamos perdido la paciencia para seducir. Incluso sin promesas de por medio, gustarle a alguien debería valer el recorrido.Sigo creyendo en la conquista, porque el cuerpo puede abrirse en una noche de prisa, pero el deseo de abrirle a alguien la puerta de tu vida… ese casi siempre se conquista.Y si no estás dispuesto a conquistarme así, está bien. Pero ahórrate el «buenos días», el «linda» y esos mensajes que aparecen por aburrimiento y nunca llegan a ninguna parte. Si no vas a hacer el recorrido, quizá sea mejor dejar mi puerta tranquila.
Queda por hoy.
Nos vemos el próximo lunes.

